Casa Olivares desde 1807

 

   

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LA HOPEDERÍA OLIVARES Y LOS BAÑOS DE EL MOLAR

Todos relacionamos rápidamente los nombres de Lanjarón, Arnedillo o Archena con ciertas aguas medicinales pero pocos saben que en El Molar se encontraba uno de los balnearios con aguas medicinales más apreciados de toda España. A poco más de un kilómetro del centro del pueblo de una roca caliza brotaba un manantial de agua que salía a una temperatura constante de 17 º. El líquido era incoloro y de sabor y olor fétido, suave al tacto y algo más ligero que el agua destilada. La tradición demostraba que ingerida en pequeñas cantidades aumentaba el apetito y era por sí sola un potente agente curativo de las enfermedades de la piel como herpes, eczemas, acné, pruritos o forúnculos. A beber las aguas de la Fuente del Toro, que era como se llamaba el manantial del que surgía el agua, acudían reyes, aristócratas, políticos, financieros, literatos y gentes del pueblo llano siendo conocidas sus propiedades desde hace muchos siglos por los vecinos de la comarca. Por carecer el pueblo de alojamientos durante siglos la gente que llegaba hasta la Fuente del Toro tenían que pernoctar en casas particulares, si tenían dinero suficiente, o contentarse con refugiarse en simples chozas, barracas o cuevas de los alrededores. La fama iba cada vez en aumento pero no por aumentar la fama se ampliaba la oferta de alojamientos, que era prácticamente nula.

Los orígenes de Casa Olivares

A principios del siglo XIX los problemas de alojamiento continuaban teniendo que ofrecer hasta el párroco de El Molar su casa para que personajes influyentes pudieran disfrutar algunos días de los beneficios curativos de las aguas. Una familia de emprendedores, los Olivares, se dan cuanta que siendo El Molar una localidad a la que afluían multitud de viajeros por tener unas excelentes aguas y estar en las proximidades del Camino Real de Francia, carecía por completo de una oferta aceptable y de calidad para que los citados viajeros pudieran descansar con comodidad. En 1807 la familia Olivares decide asentarse en El Molar, abre una posada y echa raíces con su buen hacer en el suelo molareño. Poco dura la felicidad, pues la Guerra de la Independencia sólo trae destrucción y abandono. Las tropas francesas en su avance hacia Madrid arrasan con todo y la posada sufre la devastación quedando únicamente en pie la fachada principal. Una vez que finaliza la contienda, el caos y la falta de medios impiden que la posada Olivares pueda reconstruirse y que los caminos deteriorados se recuperen para que los viajeros fluyeran nuevamente con la normalidad debida.

La atracción de los baños

Los años fueron pasando y cuando la situación económica mejoró, en el año 1834 sobre aquella vieja fachada volvieron a reconstruir la posada. La gente acude con más intensidad que antaño y las habitaciones de Olivares se vuelven a llenar de hombres, mujeres y niños que desean recuperar fuerzas y eliminar dolores. En 1837 el Ayuntamiento, para que no se malgastara el agua, decide encajar en el suelo del manantial un pilón de piedra que recogiera el agua. En 1838 el marqués de Pontejos nombra una comisión para proceder a realizar un detallado estudio y análisis de sus aguas, al observar que la fama aumentaba y que los enfermos de los pueblos, ciudades y provincias limítrofes no cesaban de acudir en busca de una rápida curación. Como el caudal del manantial se hacía insuficiente se trató de buscar su origen encontrándolo a dos pies por debajo de donde estaba asentado el pilón, motivo por el que se decidieron a construir un establecimiento de baños. Como el Ayuntamiento, que era el propietario del terreno, no tenía fondos para construir las instalaciones decide el 23 de julio de 1845 ceder los terrenos en censo enfitéutico por un valor anual de 400 reales a don Baldomero Murga, vecino de Madrid, y a don José Muñoz, vecino de El Molar. El balneario empezó a construirse en 1846, y cuando en 1848 Pascual Madoz publica su “Diccionario geográfico, histórico y estadístico de España” nos informa que ya estaba acabado. Se componía de un edificio principal de un solo piso con arcos de medio punto y forma de  polígono regular de doce lados en el que se ubicaban los servicios principales del balneario. Un magnífico jardín de estilo inglés daba acceso a la entrada principal. En su interior existían gabinetes de baño con pilas de mármol, un salón muy amplio dividido en dos compartimientos, uno para todo tipo de duchas y otro para pulverizaciones e inhalaciones, un salón de recreo y lectura con un piano, un gabinete de consulta del médico-director, sala de espera y un baño común destinado a los enfermos pobres. Exteriormente, el edificio principal estaba rodeado de una frondosa pradera que daba frescor en los calurosos días de verano.

Temporada de Baños

La temporada oficial de los baños se anunciaba en la Gaceta de Madrid marcando el mes y el día en que se podía empezar a usar. En el caso del El Molar duraba tres meses y abarcaba del 15 de junio al 15 de septiembre Las familias acomodadas solían pasar entre quince o veinte días, y como no había un hotel construido junto al balneario, el bañista se alojaba en el pueblo que distaba un kilómetro, por lo que se estableció un servicio de coches que por un módico precio trasladaba a los interesados desde la hospedería Olivares al balneario. Decimos Hospedería y no Posada, porque así es como Madoz llama al establecimiento regentado por la familia Olivares. Para este político y escritor la Hospedería Olivares, situada en la plazuela del Paraíso, era de lo mejor que se podía encontrar, destacando sobremanera el bonito jardín que servía de recreo a los huéspedes y unas excelentes y cuidadas habitaciones cuyas vistas hacían las maravillas de los bañistas. A finales del siglo XIX, para mejorar el servicio, la familia Olivares decide añadir a las instalaciones existentes un saloncito de conversación y lectura, y otro con café y billar, para que pasasen allí los bañistas las horas de más calor.

La vida en Olivares

Pero, ¿quiénes eran los que frecuentaban la hospedería Olivares durante los años de actividad del balneario? Durante el siglo XIX los balnearios se pusieron de moda acudiendo a ellos no solo los enfermos sino también los que alegaban alguna enfermedad imaginaria. Eran innumerables las señoras que, bien aprendidos los síntomas, afirmaban padecer cualquier enfermedad para acudir al balneario y codearse con el resto de la “buena sociedad”. Las curas de agua nunca fueron baratas y en la mayoría de los casos las familias tenían que ahorrar durante todo un año para poder pagarse ese tipo de “vacaciones”. Una vez reservado el alojamiento en la Hospedería Olivares acudían a la calle Aduana nº 13 desde donde partían unas diligencias que iban directas desde Madrid hasta El Molar. Las habitaciones en Olivares eran según los libros de la época: “higiénicas, bien ventiladas, con muebles de aseo y ropas decentes y limpias”, y la alimentación suministrada a los veraneantes se basaba en “leche fresca, huevos del día, pan blanco, pollos, gallinas y carne de cordero y ternera”. Una vez instalados en Olivares acudían al balneario a pasar la obligatoria revisión médica, formulándoles el galeno la correspondiente prescripción: tantos baños, tantas inhalaciones, tantas duchas…La función había comenzado. El papá y la mamá vivían los baños con fe esperanzada, los pequeños correteaban y las jóvenes pasaban el tiempo a la caza de pretendientes con el visto bueno de mamá. Junto a este grupo familiar siempre aparecían los conocidos como figurones que buscaban un simple escenario para sus representaciones o un trampolín para el ascenso social. Eran cazadores de dotes elegantemente vestidos que olfateaban sus presas y dejaban en el aire un tufillo a almíbar que atraía a las cándidas y desprevenidas. Toda esta fauna humana después de tomar las aguas se entretenía haciendo pequeñas excursiones al Pontón de la Oliva, a los sifones del canal de Lozoya, a la presa del Manjirón, al próximo pueblo del Vellón, subían al cerro de la Corneja para ver la capilla recién construida o simplemente tomaban el fresco en el parque que rodeaba la Fuente del Toro.

Isabel II

Pero no sólo los adinerados burgueses hacían uso de las aguas de El Molar, también las reinas, como humanas que eran, necesitaban de sus propiedades para aliviar las enfermedades. Una de las que más confianza tuvieron en las aguas de la Fuente del Toro fue Isabel II pues su punto débil eran las afecciones de la piel, sufriendo especialmente de herpes. Isabel nació en 1830 y cuando tan sólo contaba 11 años y, ante la fama que habían adquirido las aguas de El Molar para curar afecciones cutáneas, don Francisco Sánchez, médico de cámara de palacio, decidió que las tomase para aliviar sus males. Se ordenó trasladarse a El Molar al boticario de cámara de Palacio junto con un mozo de la Real Botica para que remitiesen diariamente varios frasquitos con las curativas aguas. Al no haberse construido todavía las instalaciones del balneario, suponemos que durante los tres años que permanecieron en el pueblo (1841-43) debieron alojarse en la posada Olivares desde donde acudían todos los días con una caja de frasquitos a la Fuente del Toro. En el manantial lavaban los frascos, los llenaban, lacraban e identificaban y se entregaban a un mozo que con una buena mula los condujera hasta Madrid o al lugar donde la Isabel II se encontrara. Los resultados debieron ser efectivos ya que se tiene constancia que, nuevamente en 1851, el mismo médico de palacio las prescribe para que las tome la Infanta doña Cristina y el infante don Fernando. Desde el 13 de julio al 14 de agosto de 1851 vuelven a personarse en El Molar otro boticario de cámara y un mozo de la Real Botica para efectuar las mismas operaciones que diez años antes. Aunque no tenemos constancia documental de que la reina acudiera en persona a conocer la Fuente del Toro, si sabemos lo muy agradecida que la soberana estaba a estas aguas, haciendo entrega en el año 1856 a la parroquia de El Molar de un “copón de plata” con la siguiente inscripción: “S.M LA REINA ISABEL II A LA IGLESIA DE EL MOLAR – AÑO 1856”.

La infanta Isabel “La Chata” y los años de esplendor

Aun que de la reina no tenemos la certeza de que se alojara en Olivares, sí sabemos que una de sus hijas, la infanta Isabel, acudía a menudo a tomar las aguas, teniendo en Olivares una habitación alquilada durante todo el año. El 20 de diciembre de 1851 Isabel II trae al mundo una niña a la que se la pone el nombre de Isabel aunque todo el mundo la conocerá como “La Chata” por su pizpireta nariz, llegando a ser durante su vida muy popular por gustar del contacto con el pueblo llano, vestir de forma llamativa y alegre y sobre todo por hablar con total franqueza con cualquiera que se acercara. De su madre no sólo heredó la afición por las aguas de El Molar, sino también el amor por los garbanzos. Ambas aficiones confluían en Casa Olivares. Aquí no sólo pudo descansar en una habitación que se habilitó especialmente para ella y cuyos muebles todavía conserva la familia Olivares, sino disfrutar de esta legumbre pues en los fogones de la Casa se preparaban uno de los mejores cocidos de la provincia.

Pero la época dorada del balneario está todavía por llegar y lo hará de la mano de Don Eduardo Murga, Vizconde de Llantero y concejal de Madrid. El esplendor del establecimiento se alcanza cuando Don Eduardo lo compra en 1894 trasladando a El Molar los célebres bailes que, junto con su esposa doña Blanca de Igual, daban a la aristocracia madrileña en sus salones. Las habitaciones de Olivares no paran de recibir huéspedes que no se quieren perder la excitante vida social que rodea al balneario, aumentando también el número de visitantes gracias a que los avances en transportes permiten hacer el viaje desde Madrid a El Molar en cuatro horas, estableciéndose dos coches o diligencias diarios, uno de ida y otro de regreso. La salida de este coche diario se efectuaba en Madrid desde la calle Alcalá nº 12. Será durante estos años cuando las aguas alcancen tal renombre que embotelladas se venderán en las principales farmacias de Madrid bajo el nombre registrado de “La Fuente del Toro” y se mandaban a toda España desde los depósitos de la farmacia de la Reina Madre en la Calle Mayor nº 73 y Cruz nº 30.

La acaba la época del termalismo

Estaríamos en un error si pensáramos que todo el que quería tomar las aguas en El Molar debía alojarse únicamente en Casa Olivares. Las propiedades curativas del agua atraían a un buen número de personas que podían alojarse también en una fonda-hotel que se construyó en el extremo norte de la calle Real y que podía acoger hasta trescientos bañistas. En 1923 el acreditado hostelero de Madrid don Argimiro Valderrama y Soto compra el balneario y el hotel, momento a partir de cual el balneario va languideciendo, no tanto por la gestión del nuevo propietario sino por el descenso del gusto por el termalismo. Durante los años de la dictadura del General Primo de Rivera (1923-1929), las mejoras en las carreteras fueron extraordinarias construyéndose puentes, cunetas y aceras, dejando las carreteras de ser unas rutas polvorientas en verano y fangosas en invierno. Eran tiempos de cambio, los automóviles empezaban a despuntar por las carreteras y los autobuses hacía tiempo que habían dejado en el olvido a carros y diligencias. Los balnearios como el de la Fuente del Toro también dejaron de estar de moda, a la sociedad ya no le agrada hacerse la enferma sino abrirse al mundo y ver realidades nuevas, por lo que las reservas de habitaciones empiezan a bajar y las anulaciones se suceden. A una familia de emprendedores como los Olivares el paso no le suele coger cambiado por lo que saben adaptarse a las circunstancias y deciden abrir un surtidor de gasolina. Las habitaciones quedan en segundo plano, pero ahora la gasolina sirve para atraer conductores. La parada para repostar permite un refrigerio o disfrutaran con una buena comida. Es el momento del cambio para Casa Olivares.

 

 

 

 

  

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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