Casa Olivares desde 1807

 

 

 EL APELLIDO OLIVARES Y SU HERÁLDICA

 

El diccionario de la Real Academia define en la actualidad el término “apellido” como el nombre de familia con el que se distinguen las personas, pero hace siglos los apellidos, tal y como los conocemos hoy no existían, siendo identificadas las personas únicamente por su nombre de pila, por eso la palabra latina oliva, -ae, era usada desde el siglo IX en buena parte del territorio nacional como nombre de bautismo. El motivo de usar el término oliva como nombre tiene su origen en la antigua Grecia porque al representar el olivo la sabiduría, este árbol servía para nombrar a aquellos en los que se depositaban grandes esperanzas. El olivo tenía además una amplia significación simbólica estando consagrado a la diosa Atenea por ser el árbol cuyos frutos proporcionaban el aceite para el fuego purificador. Este líquido, extraído de las olivas y libre de toda materia extraña, era el más apreciado por los antiguos, usándose en todos los rituales sagrados tanto para ungir a sacerdotes y reyes como para alimentar las lámparas de los santuarios. Ayudaba a desarrollar la fuerza y el conocimiento espiritual y su uso tenía un poder limpiador que comunicaba fuerza vital y larga vida. Por todo ello, el olivo, que además presentaba una gran longevidad, se convirtió en un popular emblema de prosperidad e inmortalidad, no debiendo olvidar que además su rama era el emblema de la paz.

En documentos, cartularios, testamentos o escrituras notariales de la Edad Media era común encontrar a personajes que se designaban con términos parecidos al actual apellido Olivares como: Olivarius, Olivante, Olivan, Oliver o incluso Oliva, nombre indistintamente llevado tanto por hombres como por mujeres. Con el correr de los años los nombres de pila, tanto de procedencia griega, germánica, latina o árabe, ya no fueron suficientes para designar a una población cada vez más numerosa, llegando a producirse confusiones al utilizar varias personas el mismo nombre dentro de una misma localidad. Esta situación motivó la creación de nuevos términos que evitaran confusiones, por lo que durante el siglo IX se empieza a utilizar el “apellido”, elemento que se añadía al nombre para caracterizar a las personas y diferenciarlas de las demás. Esta costumbre se difundió con el uso de la documentación legal y notarial durante la Edad Media al aparecer junto al nombre de pila de los interesados el nombre del padre en forma genitiva y precedido del vocablo filius (hijo), como Flavius filius Petri (Flavio hijo de Pedro), o en nuestro caso Antonio filius (hijo de) Oliva. Esta forma de apellido se conoce como patronímica por derivar del nombre del padre. El uso del patronímico se extendió durante el siglo IX cayendo en desuso a partir del siglo XIII transmitiéndose desde ese momento como apellido hereditario.

            Nuevamente volvió a ocurrir que ciertos nombres y patronímicos se hacían tan comunes que no servían como distintivo individual, existiendo la costumbre en muchas familias de repetir entre sus miembros los nombres propios. Era usual que el abuelo se llamara Olivarius, el padre Olivarius y el nieto Olivarius, por lo que durante generaciones no utilizaban otros nombres y era difícil su identificación, llegándose en ocasiones a poner el mismo nombre a dos de sus hijos. Este fue el motivo por el que durante los siglos XII y XIII se recurriese a un mote o apodo que caracterizase a la persona, y que se podía tomar de un defecto físico (Juan el cojo), de una virtud (Adolfo el Santo), del estado (Antonio el casado, Pedro viudo), del cargo (Jesús Alcalde) o del oficio (Marcos el herrero). Si no había señal personal ni circunstancia particular, se acudía al lugar o sitio donde había nacido, criado o crecido: Pedro Madrid, Alfonso Gallego o Domingo Toledo. En el caso concreto del apellido Olivares pudo ocurrir que tuviera su origen en este topónimo, sirviendo para designar a algún individuo que viviera cerca de un olivar o que fuera propietario de terrenos abundantes en olivas.

Será entre los siglos XIII y XIV cuando se hará extensiva la costumbre de hacer hereditario el apellido, sobre todo a los efectos de la documentación notarial, para poder así transmitir las posesiones de un individuo a sus sucesores, siendo el momento en que aparecen las armerías, y en el caso del apellido Olivares sus armas empiezan a aparecer descritas como: En campo de oro, tres fajas de gules; bordura jaquelada de azur y plata. Atienza, en su prestigioso “Diccionario de Apellidos”, asigna al apellido Olivares una procedencia norteña, originario de la Cabada, en el Valle de Trasmiera (Santander), existiendo personajes importantes apellidados Olivares que probaron su nobleza en las Órdenes de Santiago durante los años 1639, 1641, 1700, 1712 y 1724; en la Orden de San Juan de Jerusalén en 1538 y 1730; y numerosas veces en la Real Chancillería de Valladolid. Otro Olivares, don Joaquín de Olivares y Moneda, llegó a ser nombrado marqués de Villacastell de Carriás el 24 de septiembre de 1742. Miembros de este linaje participaron en la conquista de América, destacando sobremanera don Gabriel de Olivares, por lo que el Emperador Carlos I en agradecimiento por los servicios prestados en la conquista de las Indias no dudó en conceder un privilegio firmando en Madrid el 5 de enero de 1536 por el que se le permitía usar un nuevo escudo con la leyenda, en letras azules: “Destera Domini fecit virtit tutem”.

La hidalguía del apellido se deja patente en los adornos exteriores del escudo, que  reciben el nombre de timbres y que constituyen la distinción de la jerarquía de quien los ostenta. En el caso del escudo de Olivares observamos que en la parte superior se coloca un yelmo de metal con una amplia rejilla, muestra de la hidalguía del apellido. Según las reglas heráldicas los antiguos hidalgos ponían encima de sus escudos un yelmo de acero pulido puesto de perfil mirando hacia el lado diestro con la visera levantada y dejando ver tres rejillas. Es bien cierto que el español ha sentido siempre un concepto hidalgo de la hospitalidad y que la ha cumplido como un rito religioso, siendo esta la causa que viera casi como una ofensa inadmisible el percibir dinero por permitir que alguien pasara un tiempo en su morada. Este concepto hidalgo fue lo que convirtió el oficio de mesonero, ventero, posadero o fondista en un trabajo de poca consideración y permitió que en muchas ocasiones pasara a manos de extranjeros, por lo que apellidos foráneos, sobre todo italianos, abundaron en la hotelería española desde el siglo XVI: Martinelli, Cantalupo, Siboni, Zopetti, Zanotti, Sartori, Hotina, etc. Desde ese siglo, pero sobre todo durante el XVII, los extranjeros se fueron haciendo dueños de los grandes negocios comerciales y de muchas industrias por considerar los españoles que, además de poco hidalgo, el trabajo manual era deshonroso. La nobleza desdeñaba el trabajo manual por considerarlo como una “deshonra legal”, pues desde la Edad Media habían ido apareciendo leyes que reconocían la incompatibilidad de ser artesano y pertenecer a la nobleza. Debido a la consideración deshonrosa que se tenía de los oficios manuales, muchos de ellos tuvieron que ser practicados no sólo por italianos, franceses o alemanes, sino sobre todo por judíos o moriscos. Se tiene conocimiento que en la provincia de Madrid existió un buen número de moriscos que, como en el resto de la península, se dedicaron a oficios artesanales y a la agricultura. En 1609 se decretó su expulsión estando documentado que de El Molar tuvieron que abandonar sus casas nada menos que 48 individuos.

Tendrán que pasar unos cuantos lustros para que en España empiece a calar la idea de que el trabajo no era una deshonra y que a mayor actividad mercantil mayor prosperidad. Para frenar estas ideas, que tanto daño hacían al país, Carlos III tuvo que publicar una pragmática en la que se decía que las actividades mercantiles no iban “contra la calidad de la nobleza”, y el 18 de marzo de 1783 una Real Cédula en la que se declaraba que los oficios manuales eran honrosos y honestos y que su uso no envilecía a la familia ni a la persona que los ejercía. Esta Real Cédula es muy importante para la familia Olivares pues en ella se llega a prometer la concesión del privilegio de nobleza a las familias que se aplicasen en el ejercicio del comercio y la industria: “en inteligencia de que el mi Consejo, cuando hallare en tres generaciones de padre, hijo y nieto ha ejercitado y sigue ejercitando una familia el comercio o las fábricas, con adelantamientos notables y de utilidad al Estado, me propondrá, según le he prevenido, la distinción que podrá concederse al que supiese y justificase ser director o cabeza de la tal familia que promueve y conserva su aplicación sin exceptuar la concesión o privilegio de nobleza si se le considerase acreedor por la calidad de los adelantamientos del comercio o fábrica”.

¿Cuántas familias en España han podido mantener abierto un negocio doscientos años? La familia Olivares ha sido capaz de unir su apellido durante más de tres generaciones al negocio de la hostelería y la restauración, por lo que sin duda se haría acreedora, según esta Real Cédula, de la concesión de un privilegio de nobleza.

 

 

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